jueves, 8 de noviembre de 2012

EN EL MÁS ALLÁ



 

Un cuchillo oxidado cayó clavado sobre el escenario de madera del Más Allá. Los miembros de Agresión Extrema solo atinaron a seguir tocando mientras intercambiaban miradas de asombro. La gente se empujaba en el pogo y agitaba la cabeza con frenesí como si nada hubiera pasado.
Francisco terminó de vociferar Sabes, la mierda que eres y se miró con el ‘Robot’ y con el ‘Ratón’ buscando una explicación. Tras unos segundos de silencio y acoples de guitarra decidieron continuar con su presentación.
Francisco tomó el micrófono y gritó con fuerza: “Está canción habla de nuestro pueblo….”
-¡Calla pituco de mierda! se dejó escuchar en el local barranquino.
-¡Calla concha tu madre! A ver, dímelo en mi cara…, espetó Francisco mientras la sangre se le subía al rostro evidenciando su fastidio.
Su rubicunda cabellera, que viviera en San Isidro y su ascendencia italiana le caían mal a más de uno en la horda metalera.
Francisco masculló entre dientes… ¡Que mierda! y gritó: ¡¡¡Esto es Injusta Opresiooooooooonnnn!!!

Injusta Opresión que enriquece a unos cuantos
Injusta Opresión que no tiene cuando acabar
Hasta un grito rebelde escuchaaaaaaar!!!

En medio de la canción, apareció entre los mutantes un pequeño engendro llamado Juanito. Llevaba tatuada una cruz invertida en la frente que se había hecho con un cuchillo. Estaba en la primera fila y le hacia reverencias a la banda como si se tratara de un ferviente seguidor.
De pronto, el demonio se colgó de una de las vigas de madera del techo que quedaba justo al frente del sencillo escenario. El mutante fue balanceándose e intentó patear a Francisco en el rostro. Felizmente para el vocalista de AE, Juanito falló e inmediatamente se descolgó, como si nada hubiera pasado.
Poseído por miles de espíritus inmundos, Juanito continuó moviéndose al ritmo de la música y al terminar el tema, con total desparpajo, le dio la mano a Francisco, que solo atinó a lanzarle una media sonrisa, como diciéndole: “sí, concha tú madre”. 
Tras 40 minutos de Agresión Extrema, la garganta de Francisco ya no daba más. Estaba casi sin voz y un poco de sangre emanó de sus cuerdas vocales. El vocalista de AE la saboreó con cierta preocupación y bajó exhausto y sudoroso de la pequeña tarima. Junto con ‘El Robot’ repartieron la biografía de la banda y luego, con el resto de la banda, se fueron cargando un par de amplificadores a la casa del bajista.

Ring, ring, ring.
-¿Aló?
-¿Habla Xavier de Agresión Extrema?
-Sí, ¿quién es?
-Terruco de mierda, te vamos a matar, deja de cantar huevadas…clac, la bocina del teléfono fue colgada violentamente.
Por enésima vez en esa semana llamaban a la casa de ‘El Robot’ para insultarlo y amenazarlo. Los flyers, que repartían en los conciertos con la biografía y las letras de la banda, tenían su número de teléfono como contacto y las llamadas no se hicieron esperar.
Las líricas de la banda inspiradas en obras de Gonzalez Prada, Mariátegui y Arguedas caían como un puñetazo en la cara o una patada en los huevos a varios metaleros.
Temas como Horas de lucha, Injusta Opresión, Agresión Extrema, Piraña, Resistiendo, 26830 (más que una pasión) distaban mucho de los infiernos, diablos y oscuridad que vociferaban otras bandas en inglés.
Los Agresión eran hijos de los 80s y no podían darle la espalda a la realidad. Crecieron en medio de coches bomba, apagones, colas, miseria, hiperinflación, terrorismo…una época oscura que los había marcado y que era la principal fuente de inspiración para su música.
Al escapismo habituado en la “escena” metal, AE trataba de inyectarle realismo, conciencia social y confrontación. Y eso les jodía a algunos…

martes, 16 de octubre de 2012

EL EXTRANJERO


-“Discúlpeme señora, pero su hijo es muy retraído, casi no habla en clase, ni siquiera con sus compañeros. No se adapta al grupo. Nunca quiere participar. Hace bien los trabajos y su nivel de aprendizaje es normal, pero creo que podría tratarse de un caso de autismo leve…”
-“¡Qué me está diciendo, señorita! Está usted loca. Mi hijo es completamente normal. Seguro que usted no sabe llegar a los niños…” Rosaura, casi siempre equilibrada y amigable, rompió en furia al escuchar la explicación de la profesora del nido de Francisco. Ella no veía nada extraño en su único hijo hombre de cinco años, así que decidió no hacerle caso al diagnóstico de la novel profesora.
En el patio del nido, para variar, Francisco estaba parado en un rincón observando a sus compañeros jugar. Vestía con su mandil azulino –mientras todos los niños estaban de gris– y sostenía en su mano derecha su pequeña lonchera amarilla. A sus cortos cinco años, simplemente se sentía ajeno a la situación que lo rodeaba. Había una desconexión que la asumía casi natural, de nacimiento, con su entorno más cercano. Sus pequeños ojos verdes -uno más grande que el otro– miraban todo y nada a la vez. Francisco estaba ensimismado, cuando intempestivamente fue embestido por un torbellino de rulos rubios.
-“Hola, Francisquiiiiitoooo”, le dijo Natalia e inmediatamente lo apachurró para darle un sonoro beso en la mejilla.
Francisco se ruborizó por el exceso de cariño –inmerecido por cierto, pensaba él– de Natalia, una niña que lo adoraba, pero que tenía un enorme lunar marrón de carne en la cara y eso lo atemorizaba. Francisco lo miraba como si se tratase de un monstruo que poco a poco se estaba apoderando de su amiguita.
-Hola, respondió Francisco tímidamente, viéndola de reojo.
-¿Qué haces? Le preguntó Natalia.
-Nadaaaa, respondió casi susurrante Francisco.
-¿Quieres que te invite un caramelito?
-No, gracias, respondió Francisco casi impaciente.
-¿Y….? Riiing Riinng, sonó la campana, fin del recreo y del martirio de tener que responder las preguntas de Natalia.


Era la adoración de su nana. A los siete meses de nacido, Jacinta lo ponía en su corral y Francisco no lloraba ni se quejaba. Jugaba feliz con sus juguetes en ese metro cuadrado de lona y plástico, permitiéndole a su nana hacer las labores del hogar y preparar el almuerzo sin ningún contratiempo. Cierta tarde, Jacinta lo sacó a pasear en su coche por el parque junto a su hermana mayor, Lucrecia. ‘Lucre’–cinco años mayor que él– había dejado de ser el centro de atención de la familia desde que nació Francisco, y por eso no lo soportaba. Cuando nadie la veía, le metía un pellizco o le jalaba el pelo a su hermano por el puro gusto de verlo llorar. Esa tarde, durante todo el trayecto al parque, Lucrecia insistió a Jacinta que le comprara dulces en la bodega de la esquina.
-¿’Jacin’, me puedes comprar unos caramelos y unos chicles en el ‘Chino’?, preguntó Lucrecia con su adulona voz.
-No creo Lucrecia, porque no te has portado bien y se te van a caer los dientes de tanto dulce que comes. ‘Lucre’ nunca aceptaba un no como respuesta, así que se tiró al piso y empezó con la pataleta. Al no tener como parar la rabieta que llamaba la atención de todo el barrio, Jacinta accedió a su pedido. Antes de entrar a la bodega, la nana le pidió un favor a Lucrecia.
“Por favor cuida a tu hermanito. Un minutito nada más, mientras compro lo que me pediste”.
‘Lucre’ asintió con la cabeza y apenas Jacinta entró a comprar, empujó con todas sus fuerzas el cochecito de Francisco en dirección a la pista. Lucrecia deseaba en lo más profundo de su pequeño ser que Francisco despareciera de su vida para volver a ser la reina de la casa. Felizmente para Francisco y para Jacinta, un señor logró detener el cochecito en el borde de la vereda antes de que fuera embestido por algún auto en la avenida.
‘Lucre’, ¡¿por qué hiciste eso?!, gritó Jacinta. ¿Yooooo?... No he hecho nada ‘Jacin’. El cochecito se fue solo y yo traté de decírtelo pero no me escuchaste.


(15 años después…)
Estaba echado sobre su cama mirando a la nada. Era una tarde común, después de un día de colegio, de su infierno gris. Francisco intentaba concentrarse para estudiar, pero se quedaba dormido. Sentía que ya nada importaba y que todo había perdido sentido. Había un vacío que cada día se hacía más grande y su desconexión con el mundo era más evidente. El silencio inundó la habitación, era casi insoportable. Francisco cerró los ojos por un momento y volvió a soñar despierto, como tantas veces lo había hecho. En un mundo de supuestos, era feliz, o creía serlo. Después de unos minutos, volvió a abrir sus ojos y su mirada se quedó mimetizada con el blanco del techo. De pronto, irrumpió en su mente una escena con su padre que se repetía con cierta frecuencia. “No puedes ser siempre un mero espectador, un actor pasivo. Si sigues así, la vida te pasará por encima”. Francisco solo atinaba a bajar la mirada y a llorar en silencio. Con el paso de los años, el punzante discurso de su progenitor ya no hacia mella en su existencia. En una promesa que se hizo, juró no volver a llorar nunca más frente a su padre, y así fue.



"Mister, money exchange ¿Dólar, Euro?".
“Soy más peruano que tú, huevón”, le gritó –harto– Francisco al cambista, mientras cruzaba la calle en el Centro de Lima.
“Hello, my friend. You can know the city with me and have some fun”. Francisco miró a la brichera con desidia. No sabía si reírse o mandarla a la mierda. Al final, trató de ser gentil. “Soy peruano como tú comprenderás”. La señorita de marras dio media vuelta y desapareció por el Jirón de la Unión. A Francisco le jodía que lo vieran como extranjero en su propio país. Encima de su timidez, tenía que lidiar con el prejuicio racial y social. “Eres gringuito, pero eres buena gente”. Otra frase que le repetían una y otra vez. Para mucha gente en el Perú ser ‘blanco’ es sinónimo de millonario, explotador, superficial, pituco, insensible, mala persona, nacido en cuna de oro, que no necesitas trabajar, que tienes la vida fácil o comprada y un largo etc. de adjetivos descalificativos. Cada vez que conocía a una persona, Francisco sentía que tenía que rendir un examen de humanidad y humildad para demostrar que era un ser humano común y silvestre, sin ínfulas ni poses cojudas. Es como si tuviera que lidiar con esa herencia letal dejada por los españoles y que la tiene impresa en su apellido materno y, para colmo de prejuicios, el paterno es de origen italiano. Francisco tiene muy presente que hay una herida abierta en su país, que está lleno de fragmentaciones, contradicciones y abismos.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La caminata



Los cuerpos sudorosos se golpeaban sin cesar. No había tregua. Se encontraban una y otra vez al ritmo de la música. Esta especie de danza tribal servía para exorcizar los demonios internos de seres sin rostro, sin esperanza, que buscaban llenar el vacío de sus existencias y compartir fraternamente sus frustraciones.
El estribillo “Es normal en estos tiempos...” de la banda Dictadura de Conciencia (DDC) remecía el pequeño local de Breña mientras que el caos sónico envolvía los cuerpos en medio del frenesí del ‘pogo’.
Francisco estaba recostado contra una de las paredes y trataba infructuosamente de proteger a Gneis de los empujones, patadas y puñetes que los acechaban.
“Mejor ponte por aquí, es más seguro” le dijo tímidamente Francisco a Gneis.
“No te preocupes. Ya he visto conciertos subtes y sé cómo es el pogo. Me encanta observar”, le respondió Gneis muy suelta de huesos.
Habían ido a ver al ‘Huachón’, compañero de estudios que tocaba el bajo en DDC. La banda destilaba un hardcore furioso y rápido, que no daba descanso.
El concierto continuó por un par de horas. Francisco y Gneis solo atinaban a lanzarse miradas y sonrisas cómplices, mientras evitaban los golpes.
¿Y qué te pareció el concierto?, preguntó Francisco.
“Estuvo mostro. Harta energía. Espero que se repita”, le contestó entusiasmada Gneis.
Tras la bulla, ambos salieron a la calle y compartieron unos minutos con ‘Huachón’ y la mancha.
Hacía calor, Gneis propuso tomar algo, pero Francisco no tenía plata. Ella se dio cuenta y le advirtió, “por si acaso, yo invito”.
Caminaron un par de cuadras por Breña y encontraron un pequeño local. Ella compró una “chela” bien helada. Francisco se declaró abstemio. Entonces, Gneis pidió una gaseosa para él, pero inmediatamente el muchacho de cabello largo cambió de opinión y llenó los vasos con cerveza.
“Una botella nomás –recalcó Gneis-- y nos vamos al toque porque hay ley seca a partir de las 12. Mañana hay elecciones”.
….
Se conocieron casi de casualidad. Compartían algunas clases en la escuela de periodismo y algunos amigos.
La primera vez que Francisco vio a Gneis le llamó la atención sus largos cabellos marrones, sus vivaces ojos de tierna mirada y su prominente e inocultable ‘derrier’. De caminar coqueto y voz radiofónica, era imposible que pasara desapercibida por los corredores de la escuela. Era una mezcla de gitana y sirena, de misterio y embrujo.
Extrovertida, segura de sí misma, independiente, Gneis nunca se quedaba callada en clase, lo cual generó la envidia y rechazo de sus compañeros.
En un comienzo –al igual que sus compañeros– Francisco pensó que Gneis era un poco sobrada y encima era una de las pocas alumnas que se atrevía a intervenir en la clase del profesor de redacción. Es que aquél era el más odiado de todos, por su nivel de exigencia. Con el paso del tiempo, Francisco entendió que Gneis estaba ávida de aprender, algo poco común en el salón, donde la mayoría estaba más preocupada en meter chacota y matar el tiempo sin abrir un libro.
En uno de los recreos, estaban en grupo conversando en el patio de la escuela. Gneis tenía su brazo apoyado en el hombro del ‘Mitrón’, un amigo común, que conversaba alegremente con ‘Felipillo’, ‘Huachón’ y Francisco.
De pronto Mitrón cambio de cara. “Me meo. Tengo que ir al baño. ¿Quien se ofrece a ocupar mi lugar?”.
Así, lanzó la oferta en forma intempestiva: “Ya huevón, pon tú hombro”. Inmediatamente, Francisco ocupó el lugar de Mitrón pero Gneis no puso el brazo sobre su hombro. Él la miró fijamente, pero ella dudó y le preguntó si estaría cómodo.
“Para nada. Apóyate, nomás”, respondió Francisco, con una autoconfianza que encubría su real timidez.
El contacto de Gneis con su hombro provocó una pequeña descarga interna y Francisco se quedó medio petrificado durante la breve charla. Después de unos minutos, sonó la campana y todos volvieron a clase…
….
Entraron al bar y Gneis pidió una chela. La conversación fluyó como si se conocieran de años. A pesar de ser tan diferentes – Gneis: extrovertida, conversadora, cautivadora y emotiva. Francisco: introvertido, parco y frío– la química fue casi instantánea.
Hablaron de todo… música, política, religión, familia y un largo etcétera.
¿Por qué no te gusta tomar?, preguntó Gneis.
“Tomo cuando salgo con mis patas, pero la verdad que no le agarro el gusto. Tomo por estar con ellos, pero la verdad que ni el trago corto ni la chela me gustan”, respondió Francisco.
Gneis sonrió y Francisco vio en ella una ternura, un halo de vida que nunca había visto, que nunca había sentido. Quedó hechizado.
“Uy…son las tres de la mañana. Que rápido se ha pasado la hora. ¿Ahora cómo nos vamos?”, preguntó Gneis.
“Algo pasará por la Venezuela”, dijo Francisco, pero con cierta preocupación.
Ya en la calle, el panorama era desolador. Ni un micro, ni una combi, ni un taxi, nada de nada.
La interminable avenida Venezuela estaba vacía. Ni un alma, ni un perro que les ladre.
Gneis y Francisco se miraron de manera cómplice y empezaron a caminar. Las calles parecían interminables y el frío de la madrugada empezó a arreciar. Casi sin darse cuenta, Francisco terminó abrazando a Gneis y hubo una conexión inmediata, una energía que los protegió durante todo el camino.
Hacía un año que había caído el líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. Miraflores había sido remecida por el atentado de la calle Tarata y todo Lima seguía siendo un lugar muy peligroso, sobre todo de madrugada.
Pero extrañamente, no aparecieron, como habitualmente lo hacían, las hordas de pirañas que pululaban por el lugar, ni ningún malandrín de medio pelo recién salido del penal de Lurigancho que siempre amenazaban con cortarte la cara, provistos de un oxidado cuchillo o un vidrio de botella rota. Ni siquiera esos perros de callejón que te atarantan pero que finalmente no te muerden.
Durante dos horas de caminata o más, un eterno diálogo, silencios cómplices y la ternura fueron sus únicos acompañantes. Parecía que el tiempo se había congelado y que los únicos en el mundo eran ellos. No hubo cansancio ni fastidio, sino más bien una paz y un equilibrio interior que los embargaba a cada paso, a cada minuto, a cada segundo.
Pese a la evidente atracción, ambos sintieron que las cosas no debían apresurarse, que debían fluir con naturalidad, como un devenir lógico de sus sentimientos. Francisco le acarició suavemente el rostro y le dio algunos besitos en la cabeza, mientras Gneis se acurrucó tiernamente entre sus brazos. Pura magia...
Llegaron a casa de Gneis en el cruce de Faucett con Venezuela. Se despidieron con la ilusión y la promesa de volverse a ver pronto, ya que –sin saberlo– el fin del inesperado periplo, había iniciado otro: un camino de vida de dos almas gemelas que aún continúan su andar, pero ahora por una Lima más tranquila y con más esperanza.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Con los ojos abiertos

Foto: Fernando Olivera

Vivir en San Isidro y haber estudiado en el Markham no le había impedido a Francisco conocer el ‘mundo real’. La burbuja de la clase media-alta en la que nació se rompió rápidamente con el fútbol, la música, los paseos a provincia por carretera con sus padres, las idas al Callao con su viejo y los apagones y coches bomba que remecían Lima, que remecían el Perú.
Era el último día de clases, el último día de su infierno gris.
“Compañeros, el Perú no solo es San Isidro, La Molina, Camino Real…”, decía el prefecto general de la promoción durante su discurso final mientras la mayoría de sus compañeros cuchicheaban de por qué no se callaba de una buena vez ese huevón.
Francisco, en medio de la masa estudiantil, observaba con indignación la actitud de sus compañeros. “Es increíble la indiferencia de estos huevones frente a la realidad del país. Creen que solo ellos existen y que el mundo gira a su alrededor”.
Al cruzar por última vez el portón gris metálico del colegio, Francisco no pudo contenerse y gritó a voz en cuello… ¡Por fin concha de sus madres, por fiiiiiiiiiin terminó está mierrrrrrda! El chico sorprendió a todos. Por ahí, uno comentó “está loco ese huevón”, pero Francisco no se inmutó y siguió su camino con una alegría y alivio que pocas veces había sentido a sus 17 años.
Ya lejos del colegio y pasados algunos meses, Francisco cambió el martirio del aula por la azotea de la casa de su amigo Gino, también ubicada en Miraflores. Allí, se reunían con su pata, apodado El Orate, con quien diseñaban y redactaban un fanzine musical. Entre las entrevistas y el diseño de la publicación, llegaban los más variopintos personajes.
Allí, conoció al Pericote, al Transformer, al Loco, a Treinta Treinta, a Nacho y a otros más que poco a poco se fueron haciendo sus amigos y conocidos.
Un día de verano, Nacho llevó a una amiga a la azotea de Gino, algo poco frecuente, ya que la mayoría de visitantes eran hombres.
Teresa vestía recatadamente, tenía una mirada analítica, seria e intimidante. Hablaba en voz baja pero con una convicción a prueba de balas. Poco a poco, Nacho y Teresa empezaron a frecuentar más la casa de Gino. Hablaban de la injusticia y la pobreza que azotaba al país y que los jóvenes debían hacer algo al respecto, no ser tan pasivos e indiferentes con la cruel realidad que les había tocado vivir.
Una tarde, Teresa se acercó a Francisco y a El Orate .
“Muchachos, he notado que ustedes son personas sensibles y no son indiferentes a los problemas que aquejan al país. Nosotros tenemos grupos de estudio para analizar la realidad, intercambiar ideas y proponer soluciones. ¿Qué me dicen? No les gustaría unirse a nosotros”, preguntó Teresa.
-¿Dónde se reúnen?, preguntó Francisco.
-“En la universidad y también en casas de diferentes compañeros”, respondió Teresa, a quien últimamente se le había notado más nerviosa y sigilosa.
-¿Quiénes son nosotros?, preguntó con tono incrédulo El Orate.
-“Somos del Partido Comunista del Perú”, respondió Teresa.
De inmediato, Francisco y El Orate cruzaron miradas nerviosas.
-“Pero ustedes matan gente. Yo no…”, intentó responder Francisco, cuando Teresa lo interrumpió rápidamente.
-“Pero no todos van a la acción. Primero deben estudiar y comprender bien de lo que se trata la revolución. Después vienen las tareas de propaganda y agitación. Y si estás preparado puedes ir a la acción, pero nadie te va a obligar”, sentenció Teresa con aires de autosuficiencia.
-“Es más. El sábado hay un grupo que se inicia. Anímense. Solo les pido discreción y tendrían que asumir un alias”, les inquirió Teresa.
Tras unos minutos de tensión y silencio, ambos amigos asintieron con la cabeza.
-“Listo. Francisco será camarada Felipe y El Orate, camarada Víctor. ¿Les parece?”, preguntó Teresa ante la tímida mirada cómplice de ambos.
-“Bueno, entonces nos encontramos el sábado en el parque Reducto a las nueve de la mañana. De allí los llevo al lugar donde estudiamos”, les dijo Teresa antes de despedirse de ambos.
Apenas Teresa se retiró, Francisco le preguntó a El Orate: "¿Vas a ir huevón?"
-“Ahhhhh…”, balbuceó El Orate con la mirada fija en el piso y con su inseparable mochila verde olivo al hombro.
-“Uno quiere que el país cambie, que la injusticia y la explotación termine, pero enrolarse en Sendero…no me parece la solución. No estoy dispuesto a matar a nadie. No creo que el fin justifique los medios”, le dijo Francisco a su amigo, quien asintió con la cabeza.
-“Mejor no vamos. Que tal si la están siguiendo y nos cagan solamente por curiosos. Ni cagando nos jodemos la vida por las huevas”, dijo ‘El Orate’.
El sábado, Teresa esperó por gusto. Ambos no se presentaron en el parque Reducto y ella no volvió más a la azotea de Gino.
En las semanas siguientes cuando le preguntaban a Nacho por Teresa, este se hacía el huevón y se salía por la tangente.
Poco a poco, Nacho dejó de frecuentar la casa de Gino y solo aparecía fantasmalmente en algunos conciertos.
El último fue en Barranco. Tocaba Ellos aún viven, entre otros grupos, cuando Nacho se apareció con Teresa. Ella tenía el rostro desencajado, estaba ojerosa, daba la impresión de que no había dormido por varios días. Saludaron a Francisco y a El Orate y se sumaron a la tribu de asistentes al concierto.
Al rato, escucharon que Nacho le decía a Teresa en voz baja y en tono nervioso. “Ya nos cagamos Teresa. Nos vienen siguiendo”.
Francisco no pudo contener la curiosidad. “¿Quiénes los siguen?”, preguntó. No hubo respuesta. En un segundo, ambos desaparecieron.
Después de varias semanas, Transformer preguntó a Francisco: “¿Te acuerdas de Teresa?”
-“Sí, ¿qué le pasa?”
-“Cayó la semana pasada y la metieron en cana por terruca”.
-“Chucha. ¿Y Nacho?”
-“Ese huevón está desaparecido. Debe estar escondido en algún lugar. Eso le pasa por estar con la leche en la cabeza”.
-¿Por qué dices eso?
-“Porque Nacho estaba templado de Teresa pues y por eso se metió en su huevada. Más allá de que tenían ideas parecidas, lo que quería Nacho era estar con ella todo el tiempo. Fue su tonto útil, porque ella era pareja de un terruco de alto rango”, explicó ‘Transformer’.
-“Pobre Nacho. ¿Y ahora qué hará?, preguntó Francisco.
-“Por lo pronto, se cortó el pelo y ya no asiste a la universidad. Por lo menos hasta que pase la tormenta”, respondió Transformer.
Después de varios meses, reapareció Nacho. Su apariencia y su discurso cambiaron totalmente. Se convirtió en “alpinchista” frente a la realidad nacional y solo pensaba en chupar y tirarse a alguien. Hablaba medio entre cortado y solo atinaba a cagarse de risa de todo.
-¿Dónde te metiste?, le preguntó Francisco
-“Por ahí, por ahí…”, contestó medio nerviosón.
-¿Y qué fue de Teres..?, intentó preguntar Francisco.
-“No sé nada de esa cojuda…deja de preguntar tanta huevada y vamos a chupar huevón”, interrumpió Nacho.
Francisco miró a los ojos a Nacho y vio en su mirada –algo extraviada– que quería olvidarlo todo, porque la pesadilla había terminado y la vida le estaba dando una segunda oportunidad.

miércoles, 23 de junio de 2010

¿Estás muerto?



- ¿Are you dead? Preguntó el director con esa voz aguardientosa que despedía un olor nauseabundo por la mezcla de alcohol y tabaco.
El joven no se inmutó, ni siquiera le regaló una tímida mirada en forma de disculpa como suelen hacer muchos alumnos.
El silencio fue como una cachetada para el director del prestigioso colegio británico miraflorino.
- ¿Are you dead? Volvió a repetir Mr. Inchbeck en tono más alto, pero tampoco hubo respuesta.
Segundos antes, el director había cruzado todo el campo de fútbol que separaba su casa de las aulas del colegio y ante la presencia de tres alumnos, que se encontraban tomando su refrigerio en una banca, saludó como solía hacerlo:
- Good morning boys. Solo dos de ellos respondieron.
Francisco pensó que pasaría inadvertido, pero se equivocó. Felizmente, para él, lo sucedido no pasó a mayores y solo provocó la posterior burla de sus compañeros, que se tiraron al césped de la risa.
Cursaba el tercero de media y a estas alturas el colegio se había convertido en un suplicio, una rutina insufrible que veía interminable.
Apenas cruzaba ese portón gris metálico cada mañana, Francisco empezaba a contar las horas, los minutos, los segundos, para que esa bendita campana sonara y anunciara las tres de la tarde, la hora de salida.
Pero la historia no siempre había sido así. Primaria la disfrutó a plenitud, como cualquier niño de su edad. Alumno promedio, callado, aficionado a los deportes, que tenía compañeros con los que podía disfrutar de su compañía y compartir travesuras, jugar al fútbol, a las canicas, ir de paseo o a un cumpleaños.
En esa época, todos se mostraban como son, sin caretas. Todos, pese a las naturales peleas y diferencias, se aceptaban, y lo único que finalmente importaba era que podían divertirse juntos y pasarla bien.
El problema llegó en secundaria. Las personalidades e intereses se empezaron a definir y Francisco empezó a sentir que no encajaba allí, en ese juego social donde lo único que importa es la posición social, el dinero, el poder, la moda, la pose. Un mundo superficial al cual tenía acceso, pero que no le interesaba ni le importaba.
El aislamiento fue su mejor refugio. Sus amigos –sus verdaderos amigos- se redujeron a uno solo, aunque también tenía compañeros -ex amigos de infancia- con los cuales podía hablar y tener una relación civilizada.
Por eso, Francisco debió responder a la pregunta Mr. Inchbeck.
- Are you dead?
- Yes, of course. For you, for this college. Pero prefirió callar, creyendo que su indiferencia sería más hiriente y desafiante para la arrogancia inglesa del director.
Para él, no existieron las fiestas de pre y prom, ni viaje de promoción. No quería compartir ni un minuto más con mucha gente que se le tornó insoportable, al punto que en tercero de media le pidió a su padre que lo cambie de colegio.
- ¿Estás loco? Tú sabes el esfuerzo y sacrificio que hemos hecho tu madre y yo por ponerte en ese colegio, le replico indignado su padre.
- No vamos a tirar a la basura todo el dinero que hemos invertido en mandarte allí. Tienes que terminar en el Markham.
A Francisco solo le quedó soportar tres años a regañadientes. Tal vez por eso solo se esforzaba con pasar de año con las justas, con 11. Porque cuando quería y se esforzaba, lograba mejores notas, pero casi siempre no lo hacía.
Las pocas cosas que disfrutaba eran los deportes, que le hacían su calvario más llevadero. Francisco participaba en la mayoría de ellos y le importaba poco con quienes tenía que lidiar.

jueves, 27 de mayo de 2010

La lluvia de caca


Foto cortesía de Marco Gamarra Galindo

Sábado por la noche, día de concierto. Las sucias e impredecibles calles del centro de Lima esperaban el ataque de las hordas metaleras. La cita esta vez era en esa callejuela oscura llamada Malambito. Las manchas empezaron a llegar desde todos los distritos. En una de ellas estaban Francisco, Sergio, ‘Pao’, ‘Malagracia’ y la ‘Gordis’. Habían llegado temprano y se pusieron a charlar amenamente en una de las veredas antes de que empezara la tocada.
Los cinco incautos no se habían percatado que los vecinos de la calle estaban hartos de la bulla y las peleas de los pelucones y que tenían una manera muy particular de ahuyentarlos de su barrio.
Sergio lideraba la charla mientras el resto escuchaba atentamente. En plena explicación, juashhhhhh, juashhhhhhhh, una lluvia marrón y putrefacta le cayó encima a todos. La peor parte la llevó Sergio, a quien le cayó la lluvia marrón en la cara, llenándosele la boca de mierda.
Fue tal su asco y vergüenza, que salió corriendo como alma que se la lleva el diablo y no paró hasta llegar a su casa en ‘Malandrina del Mal’. Bastante lejos por cierto…
El resto entró a una tienda donde pudo lavarse en algo la mierda echada.
“Yo me quito a mi casa. Huelo a mierda, ya no lo soporto”, se despidió Francisco mientras buscaba infructuosamente a Sergio en las cuadras aledañas.
Francisco camino presuroso unas cuadras y tomó un Enatru en la esquina de La Colmena con Tacna. A penas subió al bus amarillo, pagó su pasaje y se ubicó en la parte de atrás. La gente que estaba a su alrededor empezó a poner cara de asco y alejársele como si tuviera lepra.
Francisco mascullaba su bronca con la mirada fija al piso.
¿Por qué mierda me pasan estas cosas a mi?, decía para sí mismo.
El trayecto por la avenida Wilson, y posteriormente por la avenida Arequipa, se le hizo eterno.
Todavía no había llegado a su casa pero ya escuchaba la voz de su padre y de su madre reprochándole por qué iba a esos antros.
“Yo te lo dije, Francisco, esos lugares no son para ti. No sé por qué te tienes que juntar con esa gente. Bien merecido te lo tienes”, retumbaban en su cerebro las palabras que le dirían sus padres.
Luego del penoso viaje, Francisco bajó en el paradero de Aramburú y camino tres cuadras por la avenida Santa Cruz. Al llegar a su casa, entró presuroso y sin saludar. De frente fue al baño de servicio y se bañó con jabón, detergente y con litros de champú la cabeza.
Su madre lo había seguido preguntándole qué le pasaba pero sin obtener respuesta. Al oler su ropa, Rosaura se dio cuenta del hedor y llamó a su esposo.
“Francisco, di de una vez qué te pasó”, le increpó su padre.
“Naaaada papá, ya lo resolveré”, respondió con amargura Francisco.
“¡Ya cuenta de una vez!”, le gritó Ernesto a su hijo.
Francisco desembuchó toda la historia lo más rápido posible y salió envuelto en una toalla del baño.
“Te puede dar una infección. Tu pelo sigue oliendo a mierda, se ha podrido. Así que te lo tendré que cortar”, sentenció Ernesto, con la satisfacción en los labios de haber querido rebanar esa melena desde hace mucho tiempo.
Francisco no opuso la resistencia de costumbre y se sentó en un banco sintiéndose un huevón, mientras su padre le cortaba las greñas como si fuera un jardinero podando maleza.
Tras quedar trasquilado, Francisco se miró en el espejo y se preguntó una vez más: ¿Por qué mierda me pasan estas cosas a mí?

martes, 25 de mayo de 2010

‘El Sunset’

C

Los tragos iban y venían. La brisa marina hacía que los efectos del alcohol sean más rápidos y furibundos que de costumbre. Estábamos como cualquier viernes o sábado en el Sunset de Miraflores, chupando para variar y viendo la vida pasar.
Era cumple de 'Coco' y todos habían tenido la “original” y “genial” idea de regalarle un trago por su onomástico.
La crisis del primer gobierno de Alan golpeaba fuerte y comprar chela era casi un lujo para los alicaídos bolsillos, sobre todo si todavía no trabajabas y eras un pelucón de marras. Así que todos los "invitados" que llegaban traían entre manos su Cienfuegos. La mayoría, para variar, no había comprado nada para mezclarlo –ni Tang ni cosa parecida– así que caballero nomás, purol.
El bendito líquido era como un pequeño infierno que transitaba con violencia de la garganta al estómago, para luego fundir el hígado. Al final, no sé cuántas botellas apilamos junto a la banca del lugar, pero fueron muchas, demasiadas.
La mancha de pelucones gozaba como siempre y algunos recordaban, cómo metros más allá, en el Faro, la otrora Horda Metálica había servido para conocer amigos, meterse un trago y compartir música.
La conversa estuvo amena hasta que decidimos irnos caminando al Parque de Miraflores en busca de no sé qué. En el camino, el ‘Chino’ y 'Coco' terminaron abrazados, en el típico yo te quiero, tu eres mi pata, el bla, bla, bla melosón de los ‘choborras’.
De pronto, poseídos por los diablos azules, 'Coco' y el ‘Chino’ se sumieron en un súbito ritual cavernícola y se agarraron a cabezazo limpio. No estaban peleando, ni mucho menos, sino que era una especie de reto, para demostrar quién tenía la cabeza más dura.
El espectáculo atrajo la mirada de todos. Cuando ya se habían metido como doscientos cabezazos y la tombería asomaba con llegar para poner orden, decidimos separarlos. La tarea no fue fácil, porque ninguno de los dos se daba tregua. A penas los separábamos, nuevamente estrellaban sus cabezas. Al borde del desmayo y de romperle el cráneo, 'Coco', haciendo honor a uno de sus tantos apelativos –'Brutes'–, logró dejar en el suelo al 'Chino' de un furibundo frentazo.
Con mucha dificultad, el 'Chino' logró reincorporarse, y felizmente, como buen amigo, aceptó su derrota.
- ¡Oe, qué xuxa tienes en la cabeza!, le dijo entre risas y dolor a Coco.
La mancha se cagó de risa y siguió su camino, perdiéndose en la madrugada.