miércoles, 18 de agosto de 2010

Con los ojos abiertos

Foto: Fernando Olivera

Vivir en San Isidro y haber estudiado en el Markham no le había impedido a Francisco conocer el ‘mundo real’. La burbuja de la clase media-alta en la que nació se rompió rápidamente con el fútbol, la música, los paseos a provincia por carretera con sus padres, las idas al Callao con su viejo y los apagones y coches bomba que remecían Lima, que remecían el Perú.
Era el último día de clases, el último día de su infierno gris.
“Compañeros, el Perú no solo es San Isidro, La Molina, Camino Real…”, decía el prefecto general de la promoción durante su discurso final mientras la mayoría de sus compañeros cuchicheaban de por qué no se callaba de una buena vez ese huevón.
Francisco, en medio de la masa estudiantil, observaba con indignación la actitud de sus compañeros. “Es increíble la indiferencia de estos huevones frente a la realidad del país. Creen que solo ellos existen y que el mundo gira a su alrededor”.
Al cruzar por última vez el portón gris metálico del colegio, Francisco no pudo contenerse y gritó a voz en cuello… ¡Por fin concha de sus madres, por fiiiiiiiiiin terminó está mierrrrrrda! El chico sorprendió a todos. Por ahí, uno comentó “está loco ese huevón”, pero Francisco no se inmutó y siguió su camino con una alegría y alivio que pocas veces había sentido a sus 17 años.
Ya lejos del colegio y pasados algunos meses, Francisco cambió el martirio del aula por la azotea de la casa de su amigo Gino, también ubicada en Miraflores. Allí, se reunían con su pata, apodado El Orate, con quien diseñaban y redactaban un fanzine musical. Entre las entrevistas y el diseño de la publicación, llegaban los más variopintos personajes.
Allí, conoció al Pericote, al Transformer, al Loco, a Treinta Treinta, a Nacho y a otros más que poco a poco se fueron haciendo sus amigos y conocidos.
Un día de verano, Nacho llevó a una amiga a la azotea de Gino, algo poco frecuente, ya que la mayoría de visitantes eran hombres.
Teresa vestía recatadamente, tenía una mirada analítica, seria e intimidante. Hablaba en voz baja pero con una convicción a prueba de balas. Poco a poco, Nacho y Teresa empezaron a frecuentar más la casa de Gino. Hablaban de la injusticia y la pobreza que azotaba al país y que los jóvenes debían hacer algo al respecto, no ser tan pasivos e indiferentes con la cruel realidad que les había tocado vivir.
Una tarde, Teresa se acercó a Francisco y a El Orate .
“Muchachos, he notado que ustedes son personas sensibles y no son indiferentes a los problemas que aquejan al país. Nosotros tenemos grupos de estudio para analizar la realidad, intercambiar ideas y proponer soluciones. ¿Qué me dicen? No les gustaría unirse a nosotros”, preguntó Teresa.
-¿Dónde se reúnen?, preguntó Francisco.
-“En la universidad y también en casas de diferentes compañeros”, respondió Teresa, a quien últimamente se le había notado más nerviosa y sigilosa.
-¿Quiénes son nosotros?, preguntó con tono incrédulo El Orate.
-“Somos del Partido Comunista del Perú”, respondió Teresa.
De inmediato, Francisco y El Orate cruzaron miradas nerviosas.
-“Pero ustedes matan gente. Yo no…”, intentó responder Francisco, cuando Teresa lo interrumpió rápidamente.
-“Pero no todos van a la acción. Primero deben estudiar y comprender bien de lo que se trata la revolución. Después vienen las tareas de propaganda y agitación. Y si estás preparado puedes ir a la acción, pero nadie te va a obligar”, sentenció Teresa con aires de autosuficiencia.
-“Es más. El sábado hay un grupo que se inicia. Anímense. Solo les pido discreción y tendrían que asumir un alias”, les inquirió Teresa.
Tras unos minutos de tensión y silencio, ambos amigos asintieron con la cabeza.
-“Listo. Francisco será camarada Felipe y El Orate, camarada Víctor. ¿Les parece?”, preguntó Teresa ante la tímida mirada cómplice de ambos.
-“Bueno, entonces nos encontramos el sábado en el parque Reducto a las nueve de la mañana. De allí los llevo al lugar donde estudiamos”, les dijo Teresa antes de despedirse de ambos.
Apenas Teresa se retiró, Francisco le preguntó a El Orate: "¿Vas a ir huevón?"
-“Ahhhhh…”, balbuceó El Orate con la mirada fija en el piso y con su inseparable mochila verde olivo al hombro.
-“Uno quiere que el país cambie, que la injusticia y la explotación termine, pero enrolarse en Sendero…no me parece la solución. No estoy dispuesto a matar a nadie. No creo que el fin justifique los medios”, le dijo Francisco a su amigo, quien asintió con la cabeza.
-“Mejor no vamos. Que tal si la están siguiendo y nos cagan solamente por curiosos. Ni cagando nos jodemos la vida por las huevas”, dijo ‘El Orate’.
El sábado, Teresa esperó por gusto. Ambos no se presentaron en el parque Reducto y ella no volvió más a la azotea de Gino.
En las semanas siguientes cuando le preguntaban a Nacho por Teresa, este se hacía el huevón y se salía por la tangente.
Poco a poco, Nacho dejó de frecuentar la casa de Gino y solo aparecía fantasmalmente en algunos conciertos.
El último fue en Barranco. Tocaba Ellos aún viven, entre otros grupos, cuando Nacho se apareció con Teresa. Ella tenía el rostro desencajado, estaba ojerosa, daba la impresión de que no había dormido por varios días. Saludaron a Francisco y a El Orate y se sumaron a la tribu de asistentes al concierto.
Al rato, escucharon que Nacho le decía a Teresa en voz baja y en tono nervioso. “Ya nos cagamos Teresa. Nos vienen siguiendo”.
Francisco no pudo contener la curiosidad. “¿Quiénes los siguen?”, preguntó. No hubo respuesta. En un segundo, ambos desaparecieron.
Después de varias semanas, Transformer preguntó a Francisco: “¿Te acuerdas de Teresa?”
-“Sí, ¿qué le pasa?”
-“Cayó la semana pasada y la metieron en cana por terruca”.
-“Chucha. ¿Y Nacho?”
-“Ese huevón está desaparecido. Debe estar escondido en algún lugar. Eso le pasa por estar con la leche en la cabeza”.
-¿Por qué dices eso?
-“Porque Nacho estaba templado de Teresa pues y por eso se metió en su huevada. Más allá de que tenían ideas parecidas, lo que quería Nacho era estar con ella todo el tiempo. Fue su tonto útil, porque ella era pareja de un terruco de alto rango”, explicó ‘Transformer’.
-“Pobre Nacho. ¿Y ahora qué hará?, preguntó Francisco.
-“Por lo pronto, se cortó el pelo y ya no asiste a la universidad. Por lo menos hasta que pase la tormenta”, respondió Transformer.
Después de varios meses, reapareció Nacho. Su apariencia y su discurso cambiaron totalmente. Se convirtió en “alpinchista” frente a la realidad nacional y solo pensaba en chupar y tirarse a alguien. Hablaba medio entre cortado y solo atinaba a cagarse de risa de todo.
-¿Dónde te metiste?, le preguntó Francisco
-“Por ahí, por ahí…”, contestó medio nerviosón.
-¿Y qué fue de Teres..?, intentó preguntar Francisco.
-“No sé nada de esa cojuda…deja de preguntar tanta huevada y vamos a chupar huevón”, interrumpió Nacho.
Francisco miró a los ojos a Nacho y vio en su mirada –algo extraviada– que quería olvidarlo todo, porque la pesadilla había terminado y la vida le estaba dando una segunda oportunidad.

miércoles, 23 de junio de 2010

¿Estás muerto?



- ¿Are you dead? Preguntó el director con esa voz aguardientosa que despedía un olor nauseabundo por la mezcla de alcohol y tabaco.
El joven no se inmutó, ni siquiera le regaló una tímida mirada en forma de disculpa como suelen hacer muchos alumnos.
El silencio fue como una cachetada para el director del prestigioso colegio británico miraflorino.
- ¿Are you dead? Volvió a repetir Mr. Inchbeck en tono más alto, pero tampoco hubo respuesta.
Segundos antes, el director había cruzado todo el campo de fútbol que separaba su casa de las aulas del colegio y ante la presencia de tres alumnos, que se encontraban tomando su refrigerio en una banca, saludó como solía hacerlo:
- Good morning boys. Solo dos de ellos respondieron.
Francisco pensó que pasaría inadvertido, pero se equivocó. Felizmente, para él, lo sucedido no pasó a mayores y solo provocó la posterior burla de sus compañeros, que se tiraron al césped de la risa.
Cursaba el tercero de media y a estas alturas el colegio se había convertido en un suplicio, una rutina insufrible que veía interminable.
Apenas cruzaba ese portón gris metálico cada mañana, Francisco empezaba a contar las horas, los minutos, los segundos, para que esa bendita campana sonara y anunciara las tres de la tarde, la hora de salida.
Pero la historia no siempre había sido así. Primaria la disfrutó a plenitud, como cualquier niño de su edad. Alumno promedio, callado, aficionado a los deportes, que tenía compañeros con los que podía disfrutar de su compañía y compartir travesuras, jugar al fútbol, a las canicas, ir de paseo o a un cumpleaños.
En esa época, todos se mostraban como son, sin caretas. Todos, pese a las naturales peleas y diferencias, se aceptaban, y lo único que finalmente importaba era que podían divertirse juntos y pasarla bien.
El problema llegó en secundaria. Las personalidades e intereses se empezaron a definir y Francisco empezó a sentir que no encajaba allí, en ese juego social donde lo único que importa es la posición social, el dinero, el poder, la moda, la pose. Un mundo superficial al cual tenía acceso, pero que no le interesaba ni le importaba.
El aislamiento fue su mejor refugio. Sus amigos –sus verdaderos amigos- se redujeron a uno solo, aunque también tenía compañeros -ex amigos de infancia- con los cuales podía hablar y tener una relación civilizada.
Por eso, Francisco debió responder a la pregunta Mr. Inchbeck.
- Are you dead?
- Yes, of course. For you, for this college. Pero prefirió callar, creyendo que su indiferencia sería más hiriente y desafiante para la arrogancia inglesa del director.
Para él, no existieron las fiestas de pre y prom, ni viaje de promoción. No quería compartir ni un minuto más con mucha gente que se le tornó insoportable, al punto que en tercero de media le pidió a su padre que lo cambie de colegio.
- ¿Estás loco? Tú sabes el esfuerzo y sacrificio que hemos hecho tu madre y yo por ponerte en ese colegio, le replico indignado su padre.
- No vamos a tirar a la basura todo el dinero que hemos invertido en mandarte allí. Tienes que terminar en el Markham.
A Francisco solo le quedó soportar tres años a regañadientes. Tal vez por eso solo se esforzaba con pasar de año con las justas, con 11. Porque cuando quería y se esforzaba, lograba mejores notas, pero casi siempre no lo hacía.
Las pocas cosas que disfrutaba eran los deportes, que le hacían su calvario más llevadero. Francisco participaba en la mayoría de ellos y le importaba poco con quienes tenía que lidiar.

jueves, 27 de mayo de 2010

La lluvia de caca


Foto cortesía de Marco Gamarra Galindo

Sábado por la noche, día de concierto. Las sucias e impredecibles calles del centro de Lima esperaban el ataque de las hordas metaleras. La cita esta vez era en esa callejuela oscura llamada Malambito. Las manchas empezaron a llegar desde todos los distritos. En una de ellas estaban Francisco, Sergio, ‘Pao’, ‘Malagracia’ y la ‘Gordis’. Habían llegado temprano y se pusieron a charlar amenamente en una de las veredas antes de que empezara la tocada.
Los cinco incautos no se habían percatado que los vecinos de la calle estaban hartos de la bulla y las peleas de los pelucones y que tenían una manera muy particular de ahuyentarlos de su barrio.
Sergio lideraba la charla mientras el resto escuchaba atentamente. En plena explicación, juashhhhhh, juashhhhhhhh, una lluvia marrón y putrefacta le cayó encima a todos. La peor parte la llevó Sergio, a quien le cayó la lluvia marrón en la cara, llenándosele la boca de mierda.
Fue tal su asco y vergüenza, que salió corriendo como alma que se la lleva el diablo y no paró hasta llegar a su casa en ‘Malandrina del Mal’. Bastante lejos por cierto…
El resto entró a una tienda donde pudo lavarse en algo la mierda echada.
“Yo me quito a mi casa. Huelo a mierda, ya no lo soporto”, se despidió Francisco mientras buscaba infructuosamente a Sergio en las cuadras aledañas.
Francisco camino presuroso unas cuadras y tomó un Enatru en la esquina de La Colmena con Tacna. A penas subió al bus amarillo, pagó su pasaje y se ubicó en la parte de atrás. La gente que estaba a su alrededor empezó a poner cara de asco y alejársele como si tuviera lepra.
Francisco mascullaba su bronca con la mirada fija al piso.
¿Por qué mierda me pasan estas cosas a mi?, decía para sí mismo.
El trayecto por la avenida Wilson, y posteriormente por la avenida Arequipa, se le hizo eterno.
Todavía no había llegado a su casa pero ya escuchaba la voz de su padre y de su madre reprochándole por qué iba a esos antros.
“Yo te lo dije, Francisco, esos lugares no son para ti. No sé por qué te tienes que juntar con esa gente. Bien merecido te lo tienes”, retumbaban en su cerebro las palabras que le dirían sus padres.
Luego del penoso viaje, Francisco bajó en el paradero de Aramburú y camino tres cuadras por la avenida Santa Cruz. Al llegar a su casa, entró presuroso y sin saludar. De frente fue al baño de servicio y se bañó con jabón, detergente y con litros de champú la cabeza.
Su madre lo había seguido preguntándole qué le pasaba pero sin obtener respuesta. Al oler su ropa, Rosaura se dio cuenta del hedor y llamó a su esposo.
“Francisco, di de una vez qué te pasó”, le increpó su padre.
“Naaaada papá, ya lo resolveré”, respondió con amargura Francisco.
“¡Ya cuenta de una vez!”, le gritó Ernesto a su hijo.
Francisco desembuchó toda la historia lo más rápido posible y salió envuelto en una toalla del baño.
“Te puede dar una infección. Tu pelo sigue oliendo a mierda, se ha podrido. Así que te lo tendré que cortar”, sentenció Ernesto, con la satisfacción en los labios de haber querido rebanar esa melena desde hace mucho tiempo.
Francisco no opuso la resistencia de costumbre y se sentó en un banco sintiéndose un huevón, mientras su padre le cortaba las greñas como si fuera un jardinero podando maleza.
Tras quedar trasquilado, Francisco se miró en el espejo y se preguntó una vez más: ¿Por qué mierda me pasan estas cosas a mí?

martes, 25 de mayo de 2010

‘El Sunset’

C

Los tragos iban y venían. La brisa marina hacía que los efectos del alcohol sean más rápidos y furibundos que de costumbre. Estábamos como cualquier viernes o sábado en el Sunset de Miraflores, chupando para variar y viendo la vida pasar.
Era cumple de 'Coco' y todos habían tenido la “original” y “genial” idea de regalarle un trago por su onomástico.
La crisis del primer gobierno de Alan golpeaba fuerte y comprar chela era casi un lujo para los alicaídos bolsillos, sobre todo si todavía no trabajabas y eras un pelucón de marras. Así que todos los "invitados" que llegaban traían entre manos su Cienfuegos. La mayoría, para variar, no había comprado nada para mezclarlo –ni Tang ni cosa parecida– así que caballero nomás, purol.
El bendito líquido era como un pequeño infierno que transitaba con violencia de la garganta al estómago, para luego fundir el hígado. Al final, no sé cuántas botellas apilamos junto a la banca del lugar, pero fueron muchas, demasiadas.
La mancha de pelucones gozaba como siempre y algunos recordaban, cómo metros más allá, en el Faro, la otrora Horda Metálica había servido para conocer amigos, meterse un trago y compartir música.
La conversa estuvo amena hasta que decidimos irnos caminando al Parque de Miraflores en busca de no sé qué. En el camino, el ‘Chino’ y 'Coco' terminaron abrazados, en el típico yo te quiero, tu eres mi pata, el bla, bla, bla melosón de los ‘choborras’.
De pronto, poseídos por los diablos azules, 'Coco' y el ‘Chino’ se sumieron en un súbito ritual cavernícola y se agarraron a cabezazo limpio. No estaban peleando, ni mucho menos, sino que era una especie de reto, para demostrar quién tenía la cabeza más dura.
El espectáculo atrajo la mirada de todos. Cuando ya se habían metido como doscientos cabezazos y la tombería asomaba con llegar para poner orden, decidimos separarlos. La tarea no fue fácil, porque ninguno de los dos se daba tregua. A penas los separábamos, nuevamente estrellaban sus cabezas. Al borde del desmayo y de romperle el cráneo, 'Coco', haciendo honor a uno de sus tantos apelativos –'Brutes'–, logró dejar en el suelo al 'Chino' de un furibundo frentazo.
Con mucha dificultad, el 'Chino' logró reincorporarse, y felizmente, como buen amigo, aceptó su derrota.
- ¡Oe, qué xuxa tienes en la cabeza!, le dijo entre risas y dolor a Coco.
La mancha se cagó de risa y siguió su camino, perdiéndose en la madrugada.