jueves, 27 de mayo de 2010

La lluvia de caca


Foto cortesía de Marco Gamarra Galindo

Sábado por la noche, día de concierto. Las sucias e impredecibles calles del centro de Lima esperaban el ataque de las hordas metaleras. La cita esta vez era en esa callejuela oscura llamada Malambito. Las manchas empezaron a llegar desde todos los distritos. En una de ellas estaban Francisco, Sergio, ‘Pao’, ‘Malagracia’ y la ‘Gordis’. Habían llegado temprano y se pusieron a charlar amenamente en una de las veredas antes de que empezara la tocada.
Los cinco incautos no se habían percatado que los vecinos de la calle estaban hartos de la bulla y las peleas de los pelucones y que tenían una manera muy particular de ahuyentarlos de su barrio.
Sergio lideraba la charla mientras el resto escuchaba atentamente. En plena explicación, juashhhhhh, juashhhhhhhh, una lluvia marrón y putrefacta le cayó encima a todos. La peor parte la llevó Sergio, a quien le cayó la lluvia marrón en la cara, llenándosele la boca de mierda.
Fue tal su asco y vergüenza, que salió corriendo como alma que se la lleva el diablo y no paró hasta llegar a su casa en ‘Malandrina del Mal’. Bastante lejos por cierto…
El resto entró a una tienda donde pudo lavarse en algo la mierda echada.
“Yo me quito a mi casa. Huelo a mierda, ya no lo soporto”, se despidió Francisco mientras buscaba infructuosamente a Sergio en las cuadras aledañas.
Francisco camino presuroso unas cuadras y tomó un Enatru en la esquina de La Colmena con Tacna. A penas subió al bus amarillo, pagó su pasaje y se ubicó en la parte de atrás. La gente que estaba a su alrededor empezó a poner cara de asco y alejársele como si tuviera lepra.
Francisco mascullaba su bronca con la mirada fija al piso.
¿Por qué mierda me pasan estas cosas a mi?, decía para sí mismo.
El trayecto por la avenida Wilson, y posteriormente por la avenida Arequipa, se le hizo eterno.
Todavía no había llegado a su casa pero ya escuchaba la voz de su padre y de su madre reprochándole por qué iba a esos antros.
“Yo te lo dije, Francisco, esos lugares no son para ti. No sé por qué te tienes que juntar con esa gente. Bien merecido te lo tienes”, retumbaban en su cerebro las palabras que le dirían sus padres.
Luego del penoso viaje, Francisco bajó en el paradero de Aramburú y camino tres cuadras por la avenida Santa Cruz. Al llegar a su casa, entró presuroso y sin saludar. De frente fue al baño de servicio y se bañó con jabón, detergente y con litros de champú la cabeza.
Su madre lo había seguido preguntándole qué le pasaba pero sin obtener respuesta. Al oler su ropa, Rosaura se dio cuenta del hedor y llamó a su esposo.
“Francisco, di de una vez qué te pasó”, le increpó su padre.
“Naaaada papá, ya lo resolveré”, respondió con amargura Francisco.
“¡Ya cuenta de una vez!”, le gritó Ernesto a su hijo.
Francisco desembuchó toda la historia lo más rápido posible y salió envuelto en una toalla del baño.
“Te puede dar una infección. Tu pelo sigue oliendo a mierda, se ha podrido. Así que te lo tendré que cortar”, sentenció Ernesto, con la satisfacción en los labios de haber querido rebanar esa melena desde hace mucho tiempo.
Francisco no opuso la resistencia de costumbre y se sentó en un banco sintiéndose un huevón, mientras su padre le cortaba las greñas como si fuera un jardinero podando maleza.
Tras quedar trasquilado, Francisco se miró en el espejo y se preguntó una vez más: ¿Por qué mierda me pasan estas cosas a mí?

martes, 25 de mayo de 2010

‘El Sunset’

C

Los tragos iban y venían. La brisa marina hacía que los efectos del alcohol sean más rápidos y furibundos que de costumbre. Estábamos como cualquier viernes o sábado en el Sunset de Miraflores, chupando para variar y viendo la vida pasar.
Era cumple de 'Coco' y todos habían tenido la “original” y “genial” idea de regalarle un trago por su onomástico.
La crisis del primer gobierno de Alan golpeaba fuerte y comprar chela era casi un lujo para los alicaídos bolsillos, sobre todo si todavía no trabajabas y eras un pelucón de marras. Así que todos los "invitados" que llegaban traían entre manos su Cienfuegos. La mayoría, para variar, no había comprado nada para mezclarlo –ni Tang ni cosa parecida– así que caballero nomás, purol.
El bendito líquido era como un pequeño infierno que transitaba con violencia de la garganta al estómago, para luego fundir el hígado. Al final, no sé cuántas botellas apilamos junto a la banca del lugar, pero fueron muchas, demasiadas.
La mancha de pelucones gozaba como siempre y algunos recordaban, cómo metros más allá, en el Faro, la otrora Horda Metálica había servido para conocer amigos, meterse un trago y compartir música.
La conversa estuvo amena hasta que decidimos irnos caminando al Parque de Miraflores en busca de no sé qué. En el camino, el ‘Chino’ y 'Coco' terminaron abrazados, en el típico yo te quiero, tu eres mi pata, el bla, bla, bla melosón de los ‘choborras’.
De pronto, poseídos por los diablos azules, 'Coco' y el ‘Chino’ se sumieron en un súbito ritual cavernícola y se agarraron a cabezazo limpio. No estaban peleando, ni mucho menos, sino que era una especie de reto, para demostrar quién tenía la cabeza más dura.
El espectáculo atrajo la mirada de todos. Cuando ya se habían metido como doscientos cabezazos y la tombería asomaba con llegar para poner orden, decidimos separarlos. La tarea no fue fácil, porque ninguno de los dos se daba tregua. A penas los separábamos, nuevamente estrellaban sus cabezas. Al borde del desmayo y de romperle el cráneo, 'Coco', haciendo honor a uno de sus tantos apelativos –'Brutes'–, logró dejar en el suelo al 'Chino' de un furibundo frentazo.
Con mucha dificultad, el 'Chino' logró reincorporarse, y felizmente, como buen amigo, aceptó su derrota.
- ¡Oe, qué xuxa tienes en la cabeza!, le dijo entre risas y dolor a Coco.
La mancha se cagó de risa y siguió su camino, perdiéndose en la madrugada.