miércoles, 23 de junio de 2010

¿Estás muerto?



- ¿Are you dead? Preguntó el director con esa voz aguardientosa que despedía un olor nauseabundo por la mezcla de alcohol y tabaco.
El joven no se inmutó, ni siquiera le regaló una tímida mirada en forma de disculpa como suelen hacer muchos alumnos.
El silencio fue como una cachetada para el director del prestigioso colegio británico miraflorino.
- ¿Are you dead? Volvió a repetir Mr. Inchbeck en tono más alto, pero tampoco hubo respuesta.
Segundos antes, el director había cruzado todo el campo de fútbol que separaba su casa de las aulas del colegio y ante la presencia de tres alumnos, que se encontraban tomando su refrigerio en una banca, saludó como solía hacerlo:
- Good morning boys. Solo dos de ellos respondieron.
Francisco pensó que pasaría inadvertido, pero se equivocó. Felizmente, para él, lo sucedido no pasó a mayores y solo provocó la posterior burla de sus compañeros, que se tiraron al césped de la risa.
Cursaba el tercero de media y a estas alturas el colegio se había convertido en un suplicio, una rutina insufrible que veía interminable.
Apenas cruzaba ese portón gris metálico cada mañana, Francisco empezaba a contar las horas, los minutos, los segundos, para que esa bendita campana sonara y anunciara las tres de la tarde, la hora de salida.
Pero la historia no siempre había sido así. Primaria la disfrutó a plenitud, como cualquier niño de su edad. Alumno promedio, callado, aficionado a los deportes, que tenía compañeros con los que podía disfrutar de su compañía y compartir travesuras, jugar al fútbol, a las canicas, ir de paseo o a un cumpleaños.
En esa época, todos se mostraban como son, sin caretas. Todos, pese a las naturales peleas y diferencias, se aceptaban, y lo único que finalmente importaba era que podían divertirse juntos y pasarla bien.
El problema llegó en secundaria. Las personalidades e intereses se empezaron a definir y Francisco empezó a sentir que no encajaba allí, en ese juego social donde lo único que importa es la posición social, el dinero, el poder, la moda, la pose. Un mundo superficial al cual tenía acceso, pero que no le interesaba ni le importaba.
El aislamiento fue su mejor refugio. Sus amigos –sus verdaderos amigos- se redujeron a uno solo, aunque también tenía compañeros -ex amigos de infancia- con los cuales podía hablar y tener una relación civilizada.
Por eso, Francisco debió responder a la pregunta Mr. Inchbeck.
- Are you dead?
- Yes, of course. For you, for this college. Pero prefirió callar, creyendo que su indiferencia sería más hiriente y desafiante para la arrogancia inglesa del director.
Para él, no existieron las fiestas de pre y prom, ni viaje de promoción. No quería compartir ni un minuto más con mucha gente que se le tornó insoportable, al punto que en tercero de media le pidió a su padre que lo cambie de colegio.
- ¿Estás loco? Tú sabes el esfuerzo y sacrificio que hemos hecho tu madre y yo por ponerte en ese colegio, le replico indignado su padre.
- No vamos a tirar a la basura todo el dinero que hemos invertido en mandarte allí. Tienes que terminar en el Markham.
A Francisco solo le quedó soportar tres años a regañadientes. Tal vez por eso solo se esforzaba con pasar de año con las justas, con 11. Porque cuando quería y se esforzaba, lograba mejores notas, pero casi siempre no lo hacía.
Las pocas cosas que disfrutaba eran los deportes, que le hacían su calvario más llevadero. Francisco participaba en la mayoría de ellos y le importaba poco con quienes tenía que lidiar.